“La posibilidad de fallar es menor”: Jardine asume el control total de los fichajes para llevar al América a la gloria en Concachampions y Liga MX
Este América ya no se parece en nada al de hace unos meses. El vestidor, la idea de juego y, sobre todo, la forma de fichar han cambiado de raíz. Ahora, la voz que más pesa en la planeación deportiva es la de André Jardine, un técnico que entiende que, tras el tricampeonato en Liga MX, cualquier cosa que no sea pelear por la Concacaf Champions Cup y por el título local se considerará un fracaso rotundo.
En los últimos días, el club azulcrema reforzó su plantilla con cuatro brasileños: Rodrigo Dourado, Raphael Veiga, Vinicius Lima y Thiago Espinosa. Con ellos, las Águilas apuntan de forma directa a dos objetivos inmediatos: superar a Olimpia de Honduras en la vuelta de la primera ronda de la Concacaf Champions Cup y llegar con la mejor versión posible al Clásico Nacional frente a Chivas.
Jardine, que ya hizo tricampeón al América en la Liga MX, afronta esta nueva etapa con una influencia inédita en los fichajes, sobre todo después de la salida de Diego Ramírez de la dirección deportiva. El brasileño no lo oculta: ahora es él quien decide el perfil de los refuerzos y quien avala, prácticamente, cada incorporación, especialmente cuando se trata de jugadores de su país.
La llegada de Dourado se gestó todavía con Ramírez en el club, pero en cuanto se oficializó la salida del director deportivo, el rol de Jardine cambió radicalmente. En tiempo récord se consumaron bajas de peso, como la del “Búfalo” Aguirre rumbo a Tigres y la de Igor Lichnovsky, mientras que, casi en paralelo, se cerraron los acuerdos por Veiga, Vinicius Lima y Thiago Espinosa. Fue una especie de giro de timón: se fueron piezas que conocía la afición y llegaron futbolistas formados en el entorno brasileño, muchos de ellos experimentados y con capacidad de aportar de inmediato.
La apuesta de Jardine es clara: menos promesas a largo plazo y más jugadores listos para responder desde el primer minuto. Cinco de los seis fichajes de este Clausura 2026 superan los 24 años, un dato que retrata el sello de esta versión del América. No se trata de construir un proyecto a cinco años, sino de ganar ahora, en un contexto en el que la paciencia de la directiva, encabezada por Emilio Azcárraga y Santiago Baños, es cada vez más limitada.
El propio técnico lo explica con franqueza: cuando el club contrata futbolistas que ya trabajaron con él, el margen de error se reduce. Al conocer de cerca tanto a la persona como al profesional, siente que la “chance de equivocarse es menor”. Para esta ventana, ese fue el criterio principal: minimizar el riesgo. El club no contaba con el mismo músculo financiero de otros mercados de fichajes, pero, según Jardine, encontraron soluciones muy adecuadas para las necesidades del grupo. Ahora, insiste, será la cancha la que juzgue si acertaron o no, y cada jugador deberá demostrar por qué fue elegido.
La exigencia viene marcada por los golpes recientes. En Concachampions, el América se quedó en semifinales tanto en 2024, ante Pachuca, como en 2025, frente a Cruz Azul. A ello se suma el duro revés de quedarse sin Mundial de Clubes, incluso después de disputar el llamado “juego por la invitación” que perdieron contra LAFC. Esa combinación de tropiezos internacionales dejó una espina clavada en el club y en su entorno, y fue uno de los motivos por los que Jardine pidió, de forma directa, que se le otorgara un rol mucho más fuerte en la toma de decisiones deportivas.
Dentro del equipo existe una especie de consenso emocional: todos quieren ver al América levantando un título internacional y, más todavía, verlo participar en un Mundial de Clubes. En palabras del entrenador, al grupo le “dolió mucho” no haber conseguido ese boleto, porque sentían que, por rendimiento en la liga y por el nivel mostrado en torneos anteriores, el lugar se les escapó más de una vez. Esa frustración se ha convertido en combustible para encarar esta nueva edición de la Concacaf Champions Cup.
Jardine insiste en que afrontarán la competencia partido a partido, con fe, hambre y una clara conciencia de que el objetivo está instalado en la cabeza de todos, desde el “patrón” hasta el último integrante del plantel. No se trata solo de una meta deportiva, sino de una cuestión de prestigio institucional: el América se percibe a sí mismo como un club obligado a estar en el escaparate mundial.
El técnico también aprovechó para reconocer públicamente a la dirigencia por la rapidez con la que se resolvieron las operaciones de mercado. No fue sencillo reaccionar al efecto dominó que provocaron las salidas; las negociaciones se aceleraron contra reloj y, sin embargo, el cuerpo técnico considera que llegaron refuerzos en posiciones clave. En el caso de Vinicius Lima, por ejemplo, Jardine destacó que lo conoce muy bien y está convencido de que aportará de inmediato al funcionamiento del equipo.
Una de las principales urgencias estaba en la banda izquierda, un “hueco” que quedó descubierto desde la salida de Ralph, quien no renovó su contrato. Durante un tiempo, el cuerpo técnico probó con Violante, un jugador que puede desempeñarse como lateral muy ofensivo y que entiende la función, pero al que Jardine ve todavía en fase de adaptación, sobre todo en las tareas defensivas. De ahí la necesidad de sumar un especialista para equilibrar la línea de fondo y dar mayor seguridad en los duelos internacionales, donde los detalles defensivos suelen definir eliminatorias.
En lo deportivo, el partido de vuelta contra Olimpia es presentado por Jardine como un examen que exige la máxima concentración. Habla de esos encuentros “determinantes” en los que todo se define en momentos puntuales y en los que el equipo debe estar mentalmente preparado para reaccionar. Para él, no se trata de un juego más del calendario: es un duelo donde hay un objetivo grande en disputa, y por lo tanto la seriedad y la intensidad deben ser absolutas.
Esa mentalidad de “partido bisagra” también se traslada al vestidor. Jardine enfatiza con frecuencia ante sus futbolistas que no pueden desconectarse ni un segundo, porque una jugada puede cambiar la historia de la eliminatoria. Su discurso gira en torno a estar “presentes” en cada lance, como si el equipo estuviera esperando justamente esos instantes que marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Más allá de la presión inmediata, el fondo de este nuevo América pasa por la construcción de una identidad muy marcada por el fútbol brasileño: volante de equilibrio como Dourado, talento creativo en Veiga, profundidad por banda con Lima y un jugador como Espinosa que puede darle variantes en el último tercio. Jardine no solo busca nombres; procura replicar rasgos de juego que conoce de memoria: circulación rápida, agresividad ofensiva y capacidad para manejar ritmos en partidos cerrados.
El cambio de modelo también supone un reto en la gestión del vestidor. Con la salida de referentes y la llegada de jugadores que todavía deben ganarse a la afición, el técnico tiene que encontrar un balance entre los líderes ya establecidos y los recién llegados. La jerarquía deportiva, la experiencia internacional y la rapidez con la que los brasileños se adapten al entorno mexicano serán factores clave para que su plan no se tambalee en las primeras semanas.
Otro elemento que juega a favor de Jardine es el conocimiento previo que tiene sobre varios de los fichajes. Al haber coincidido con ellos o haberlos seguido de cerca, puede integrarlos a un sistema que ya domina. Esto reduce tiempos de adaptación táctica y facilita que el equipo funcione como bloque, algo indispensable pensando en torneos de eliminación directa donde no hay margen para largos periodos de prueba.
El contexto externo tampoco es menor: la afición del América, acostumbrada a ganar, observa con lupa cada movimiento. La etiqueta de tricampeón en Liga MX no disminuye la exigencia, la aumenta. Los seguidores quieren ver que la hegemonía local se traslada, por fin, al plano internacional. Por eso, cada refuerzo es evaluado desde el prisma de si está capacitado o no para responder en partidos de alta tensión, ya sea en Centroamérica, en Estados Unidos o en cualquier estadio de la región.
Además, la presión que llega desde la oficina principal es constante. Para Emilio Azcárraga y Santiago Baños no es negociable seguir acumulando frustraciones fuera de México. La instrucción es clara: el América debe dejar de “quedarse corto” en Concachampions y asegurarse un lugar en el próximo Mundial de Clubes. Esa exigencia explica por qué se le ha otorgado a Jardine una figura cercana a la de “manager”, con poder real sobre las altas y bajas del plantel.
En ese sentido, cada mercado de fichajes se ha convertido en una oportunidad estratégica más que en un ejercicio de acumulación de nombres. Esta ventana, limitada en lo económico, obligó a ser quirúrgicos: menos apuestas, más certezas. Y es aquí donde el técnico se aferra a su filosofía: elegir jugadores de confianza, con los que ya tiene una relación profesional y personal, para minimizar riesgos y, a la vez, aumentar la probabilidad de que el equipo responda desde el primer día.
Con este panorama, el nuevo América de Jardine se presenta como un equipo diseñado para ganar ya, sin excusas. Los fichajes brasileños, la reconfiguración de la defensa, la insistencia en la concentración máxima en partidos clave y la obsesión por llegar al Mundial de Clubes componen un mismo mensaje: el margen de error se ha reducido al mínimo. Lo que sigue, como recalca el propio entrenador, le corresponde dictarlo a la cancha.
