No será G8: el nuevo G6 que asumirá el control de las decisiones en la Liga MX
El mapa del poder en el futbol mexicano dio un giro importante tras la reciente Asamblea de Dueños celebrada en Toluca. Lo que en días previos se perfilaba como la consolidación de un «G8» terminó redefiniéndose en un bloque más compacto: un «G6» que será el encargado de marcar el rumbo de la Liga MX y de la Selección Mexicana de cara a los próximos años.
Lejos de una ruptura total con el modelo anterior, lo que se ha producido es una redistribución de influencia. Emilio Azcárraga y el emporio de Televisa, que durante décadas han sido sinónimo de control en el balompié nacional, ya no concentran el mando en solitario, pero tampoco se han quedado al margen. Azcárraga mantiene un rol clave, en particular con la extensión por ocho años más de los derechos de transmisión de la Selección Mexicana, aunque ahora deberá compartir la mesa de decisiones con otros cinco clubes de peso.
El nuevo G6 queda conformado por dos bloques. En el grupo 1 se encuentran América, Santos y Tijuana; en el grupo 2 se suman Chivas, Toluca y Monterrey. Estos seis equipos trabajarán como comités estratégicos, con la misión de reposicionar el valor deportivo y comercial de la Liga MX y del Tri, y al mismo tiempo encabezar la búsqueda de un presidente de liga independiente, sin vínculos directos con ninguna institución en particular.
La creación de este G6 responde a una necesidad largamente señalada: terminar con la concentración de decisiones en uno o dos dueños con fuerte presencia en televisión. Durante años se ha señalado que las televisoras, principalmente Televisa y TV Azteca, manejaban los hilos del futbol mexicano. Emilio Azcárraga, dueño de Televisa y del Club América, fue el rostro más visible de ese modelo, mientras que Ricardo Salinas Pliego, al frente de TV Azteca, también influyó desde sus clubes. Sin embargo, este último se ha ido alejando poco a poco del negocio del balompié.
Un ejemplo claro de esa retirada es la venta de Mazatlán, movimiento que abre la puerta al regreso de Atlante al máximo circuito, además de la posibilidad de que el Puebla también cambie de manos próximamente. Con estos ajustes, TV Azteca reduce de manera evidente su participación directa en la estructura de la Liga MX, lo que facilita el surgimiento de un nuevo equilibrio interno.
La Asamblea de Dueños también dejó otras decisiones relevantes. Se aprobó la venta del Atlas, que pasa de Grupo Orlegi a manos de PRODI, encabezado por José Miguel Bejos, empresario ligado al beisbol (dueño de los Pericos de Puebla en la LMB) y comisionado de la Gira Profesional Mexicana de Golf. Este movimiento no solo cambia la administración de un club histórico, sino que también reacomoda intereses empresariales en el ecosistema del futbol local.
Uno de los temas que generó más expectativa fue el papel del llamado Grupo Pachuca. En un primer boceto del nuevo reparto de poder, se contemplaba que Pachuca, León y Atlético San Luis se integraran al bloque que tomaría el control de la Liga MX, junto con varios de los equipos ahora integrantes del G6. Incluso se llegó a mencionar la posibilidad de que este grupo operara con gran fuerza, dejando fuera al propio América del círculo más influyente. No obstante, al final, estas instituciones quedaron fuera de los comités principales.
La situación de Grupo Pachuca, además, está marcada por la obligación que pesa sobre la Liga MX: erradicar la multipropiedad. Por ello, en el horizonte inmediato está la necesidad de concretar la venta ya sea de los Tuzos o de La Fiera antes de que finalice el año. Esta exigencia responde a una vieja demanda de transparencia y competencia justa dentro del futbol mexicano, en el sentido de evitar que un mismo grupo empresarial controle a varios equipos de la misma categoría.
El nuevo G6 se presenta, en el discurso oficial, como un intento de modernizar la estructura de gobierno del futbol nacional. La idea es que estos comités no funcionen como un coto cerrado de poder, sino como órganos estratégicos de planificación y supervisión. Entre sus tareas centrales estarían la revisión del formato de competencia, el análisis de calendarios, los modelos de comercialización, la negociación de derechos y, sobre todo, la construcción de un proyecto sólido para la Selección Mexicana rumbo a los grandes torneos internacionales.
Detrás de la decisión de apostar por un presidente de Liga MX sin vínculos con clubes concretos hay, también, una intención de enviar un mensaje hacia el exterior. Se busca proyectar mayor profesionalismo y credibilidad ante inversionistas, patrocinadores y organismos internacionales, mostrando que la liga puede ser gestionada bajo criterios corporativos modernos, y no únicamente en función de los intereses de un par de propietarios poderosos.
Sin embargo, el cambio no está exento de dudas. Aunque el poder parece menos concentrado que antes, el G6 sigue siendo un grupo reducido de clubes con fuerte capacidad económica y mediática. América, Chivas y Monterrey son marcas de enorme peso; Toluca posee una larga tradición institucional; Santos y Tijuana han demostrado una gestión relativamente estable en los últimos años. Esto genera la pregunta de si, en la práctica, el nuevo modelo abrirá realmente la puerta a una mayor pluralidad de voces o si simplemente se trata de un reacomodo entre élites.
Desde la perspectiva deportiva, uno de los grandes retos para este G6 será aumentar la competitividad de la Liga MX, recuperar el interés de los aficionados y mejorar la imagen de la Selección Mexicana luego de varios tropiezos recientes. El valor de la liga no solo depende de los contratos de televisión, sino también de la calidad del espectáculo, de la formación de jugadores, de la seriedad de los proyectos y del respeto a reglamentos claros y estables.
Otro punto clave está en la relación entre la Liga MX y la Federación Mexicana de Futbol. La atomización del poder no significa necesariamente una ruptura, pero sí obliga a una coordinación más fina. Los comités y el futuro presidente de liga deberán trabajar de la mano con la federación para unificar criterios, especialmente en temas de selecciones nacionales, calendarios compartidos y desarrollo de fuerzas básicas.
La percepción sobre el papel de las televisoras también podría modificarse en el mediano plazo. Aunque Televisa conserva los derechos del Tri y una silla predominante gracias al América, el hecho de que el mando se comparta con otros clubes abre la posibilidad de negociar de manera distinta los paquetes de transmisión, diversificar plataformas y buscar modelos híbridos de distribución de contenido. Ello podría incidir en cómo se consume el futbol mexicano dentro y fuera del país.
En este contexto, la venta de Atlas y los posibles cambios de propiedad en otros equipos marcan una tendencia: nuevos actores empresariales quieren entrar al negocio, mientras otros se replegan. Esa rotación no solo mueve piezas en la tabla de poder, sino que también puede introducir nuevas formas de gestión, más orientadas a la eficiencia financiera, el marketing global y el desarrollo de infraestructura.
A corto plazo, los aficionados no verán un cambio inmediato en el formato de la liga o en la manera en que se juegan los torneos; sin embargo, las decisiones que tome el G6 en los próximos meses serán determinantes para el futuro. La elección del nuevo presidente de la Liga MX, el manejo de la multipropiedad, las posibles reformas al sistema de ascenso y descenso y la estrategia para reposicionar a la Selección Mexicana serán pruebas clave para medir si este nuevo modelo realmente marca un antes y un después.
En síntesis, el tan mencionado «G8» se quedó en «G6», pero la reconfiguración del poder en la cúpula del futbol mexicano ya está en marcha. América, Santos, Tijuana, Chivas, Toluca y Monterrey son ahora las piezas centrales de un tablero donde se juegan no solo campeonatos, sino el futuro económico, mediático e institucional de la Liga MX y del balompié nacional en su conjunto.
