«La seguridad de nadie está garantizada en este país»: Faitelson confronta a García Harfuch por el Mundial 2026 y la ola de violencia en México
La Copa del Mundo de 2026, que tendrá como sedes en México a la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, está cada vez más cerca: falta menos de mes y medio para que el balón comience a rodar. Sin embargo, el ambiente previo al torneo se ha visto empañado por hechos de violencia que han encendido las alarmas entre aficionados y analistas, y que han derivado en un debate nacional sobre si el país está realmente en condiciones de garantizar la seguridad durante el evento.
En este contexto, las declaraciones de Omar García Harfuch, titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, generaron una fuerte polémica. El funcionario afirmó que la seguridad de la Copa del Mundo en territorio mexicano está «garantizada», pese a los recientes ataques y manifestaciones en diferentes puntos del país. Esa aseveración fue cuestionada de manera directa por el periodista deportivo David Faitelson, quien puso en duda que en México se pueda hablar de seguridad garantizada, ni siquiera durante un evento de la magnitud de un Mundial.
El antecedente inmediato que detonó gran parte de la discusión fue el ataque registrado en la zona arqueológica de Teotihuacán, uno de los sitios turísticos más visitados por extranjeros. En ese incidente, Julio César Jasso abrió fuego, dejando un saldo de dos personas muertas y varios heridos. El hecho no solo conmocionó por su violencia, sino porque ocurrió en un lugar emblemático que suele estar en la ruta de visitantes nacionales e internacionales, un escenario que inevitablemente remite a lo que podría ocurrir durante la Copa del Mundo.
Tras lo ocurrido en Teotihuacán y en medio de un clima de protestas contra las obras relacionadas con el Mundial y otros proyectos de infraestructura, García Harfuch salió ante los medios para tratar de enviar un mensaje de tranquilidad. Aseguró que el Gobierno federal, en coordinación con las autoridades de Nuevo León, Jalisco y la Ciudad de México, ha trabajado en protocolos específicos para blindar las sedes mundialistas y reducir al mínimo los riesgos para aficionados, jugadores y personal involucrado en el torneo.
«Estamos convencidos de que la seguridad del Mundial está garantizada», declaró el secretario, subrayando que el Gabinete de Seguridad se encuentra en constante revisión de operativos, dispositivos de vigilancia y estrategias de prevención. De acuerdo con sus palabras, los protocolos de seguridad ya están diseñados, reforzados y en marcha desde ahora para asegurar que el evento se desarrolle de manera pacífica y sin sobresaltos.
No obstante, estas declaraciones chocaron frontalmente con la percepción de una parte importante de la opinión pública, que vive diariamente las consecuencias de la violencia en distintas regiones del país. Uno de los críticos más visibles fue David Faitelson, comentarista y analista deportivo, quien recurrió a sus redes sociales para responder al optimismo del funcionario y plantear, desde su trinchera, una visión mucho más cruda de la realidad mexicana.
«¿La seguridad en el Mundial está garantizada? Señor @OHarfuch, con todo respeto, la seguridad de nadie en este país está ‘garantizada’, ni antes, ni durante y ni después del Mundial…», escribió Faitelson, resumiendo en una frase la desconfianza de muchos ciudadanos ante los discursos oficiales. Su mensaje no solo cuestiona la promesa del gobierno respecto al Mundial, sino que pone en el centro la cotidianidad de millones de personas que conviven día a día con la incertidumbre y el miedo.
El choque entre el discurso institucional y la visión crítica del periodista vuelve a poner sobre la mesa una duda que se repite desde que México fue confirmado como uno de los tres organizadores de la Copa del Mundo de 2026: ¿está el país realmente preparado para recibir a miles de aficionados extranjeros y garantizar su integridad, al mismo tiempo que protege a la población local en un contexto de violencia sostenida?
En términos estrictamente operativos, las autoridades han insistido en que habrá coordinación interinstitucional, despliegue de fuerzas de seguridad, vigilancia en aeropuertos, estaciones de transporte, hoteles, zonas turísticas y alrededores de los estadios, además de filtros de acceso y monitoreo con tecnología de punta. Se habla de anillos de seguridad, centros de mando y protocolos para atender emergencias, desde incidentes menores hasta situaciones de alto riesgo.
Sin embargo, la discusión va más allá de los números de efectivos o de cámaras instaladas. El fondo del debate, que voces como la de Faitelson reflejan, es si se puede «garantizar» algo en un país donde, a ojos de muchos, la violencia se ha normalizado. El ataque en Teotihuacán funcionó como un recordatorio brutal de que incluso los espacios que se percibían como relativamente seguros pueden convertirse en escenarios de tragedia.
La preocupación tampoco se limita a las zonas turísticas o a las inmediaciones de los estadios. Para los aficionados que planean asistir al Mundial, nacionales y extranjeros, la experiencia abarca trayectos por carretera, movimientos dentro de las ciudades sede, visitas a restaurantes, plazas públicas y centros culturales. Cada uno de esos escenarios requiere una estrategia de seguridad coherente y coordinada, no solo operativos espectaculares durante los días de partido.
Además, el Mundial no ocurre en un vacío: coincide con un momento de fuerte tensión social y política en México. Las manifestaciones en contra de ciertas obras vinculadas al torneo y otros proyectos de infraestructura han mostrado un clima de inconformidad que puede escalar si no se maneja con cuidado. En ese sentido, las autoridades tienen un doble reto: por un lado, prevenir y contener hechos delictivos; por el otro, garantizar el derecho a la protesta sin que se desborde en episodios de violencia que afecten el desarrollo del evento.
Otra arista del debate es la imagen internacional de México. Un Mundial es, al mismo tiempo, un escaparate deportivo y un enorme escaparate político y turístico. Un país sede se expone al escrutinio global: su capacidad de organización, su infraestructura y, por supuesto, su situación de seguridad. Cualquier incidente grave durante el torneo tendría repercusiones mediáticas y diplomáticas, y podría ahondar la percepción negativa que ya existe en algunos sectores sobre viajar al país.
Pese a ello, también hay quienes consideran que el Mundial podría servir como catalizador para mejorar los sistemas de seguridad y coordinación entre niveles de gobierno. La presión que implica recibir a miles de visitantes y estar bajo la mirada del mundo puede obligar a las autoridades a fortalecer protocolos, invertir en capacitación, mejorar tiempos de respuesta y afinar la cooperación entre fuerzas federales, estatales y municipales. La pregunta es si este impulso será suficiente y, sobre todo, si se mantendrá una vez terminado el torneo.
Desde la perspectiva de los aficionados, el mensaje que más se necesita es claridad y transparencia. Más allá de declaraciones genéricas que aseguran que «todo está bajo control», quienes planean viajar quieren saber qué medidas concretas se implementarán: cómo se organizarán los accesos a los estadios, qué rutas serán más seguras, qué tipo de acompañamiento tendrán los turistas, qué hacer en caso de emergencia y a qué autoridades recurrir. La comunicación efectiva es tan crucial como el despliegue policial.
El intercambio entre García Harfuch y Faitelson revela, en el fondo, dos formas de entender la seguridad: como un compromiso político que se promete y como una realidad compleja que se vive en las calles. Mientras el secretario intenta proyectar confianza y estabilidad de cara a un evento global, el comentarista insiste en recordar que, en la vida diaria, millones de mexicanos no sienten que su seguridad esté asegurada. Esa tensión entre discurso y percepción será uno de los grandes temas que acompañen la cuenta regresiva hacia el inicio del Mundial.
En última instancia, la pregunta no es solo si el Estado puede garantizar la seguridad durante algunos días o semanas de competencia, sino si el Mundial puede celebrarse sin desconectarse de la realidad que viven los ciudadanos fuera de los estadios. El desafío es enorme: demostrar que México puede organizar un espectáculo futbolístico a la altura, sin ignorar la violencia que lo atraviesa y sin recurrir a promesas de «garantías absolutas» que muchos consideran, como Faitelson, poco realistas en el contexto actual del país.
