Matías almeyda al américa: traición a chivas o evolución de carrera

¿Traición a Chivas o simple evolución de carrera? El nombre de Matías Almeyda ha saltado con fuerza a la órbita del América, a pesar de que el propio técnico argentino, en su etapa como entrenador de Chivas, llegó a afirmar tajantemente que «nunca» dirigiría a las Águilas. Nueve años después de aquellas declaraciones, el contexto ha cambiado tanto en Coapa como en la trayectoria del «Pelado», y el escenario que antes parecía imposible hoy se maneja como una opción real para el Apertura 2026.

El tricampeonato conseguido por América y cerrado en diciembre de 2024 marcó la cima del proyecto de André Jardine. El equipo coqueteó incluso con la idea de un histórico tetracampeonato a mediados de 2025, pero desde entonces el rendimiento se desplomó. Los últimos dos torneos han dejado números lejos de las expectativas de la directiva, del cuerpo técnico, de los jugadores y sobre todo de una afición que se acostumbró a ganar y ahora observa un futbol predecible y poco convincente.

La imagen de Jardine también se ha transformado. Aquel entrenador sonriente, relajado y orgulloso de sus «tres títulos» ha quedado en el recuerdo. En su lugar, aparece un técnico desgastado, de gesto duro, superado por la presión y el estrés. El Clausura 2026 se ha convertido más en una carga que en una oportunidad: el América tiene opciones mínimas de pelear por el título, y dentro del club se percibe que el ciclo del brasileño está cerca de su fin, aunque su contrato aún contemple tres torneos más.

Ante este panorama, en las altas esferas de Coapa y en los despachos de Chapultepec se ha comenzado a plantear seriamente la ruptura anticipada con Jardine. El argumento no se basa solo en el marcador: el equipo ofrece un futbol poco vistoso, alejado del ADN ofensivo que presume el club, y en el vestidor se perciben distancias y tensiones, sin que el grupo esté formalmente roto. «En tiempos desesperados, medidas desesperadas», dicen en privado algunos directivos. Y dentro de esas medidas aparece una posibilidad que hace años habría sido impensable: contratar a un técnico identificado con Chivas.

En la baraja azulcrema se manejan tres nombres como candidatos. Uno de ellos es Guillermo Almada, entrenador de gran prestigio por su estilo intenso, vertical y ofensivo, perfectamente adaptable al plantel americanista. Sin embargo, en la cúpula no termina de convencer su carácter fuerte y controlador, que podría chocar con una estructura directiva que acostumbra a intervenir en decisiones importantes. Por ello, pese a que su libreto de juego encaja, su candidatura pierde fuerza.

La segunda opción es Diego Alonso, un perfil que el América ya había explorado incluso antes de la llegada de Jardine. El uruguayo conoce bien el futbol mexicano, tiene experiencia internacional y un estilo competitivo que gusta a sectores de la dirigencia. No obstante, su trayectoria reciente no genera unanimidad: su paso irregular por otros clubes deja dudas sobre si es el hombre indicado para reconstruir a un gigante que viene de ganar mucho… y ahora se siente obligado a reinventarse sin dejar de competir al máximo.

El tercer nombre es el que más ruido genera: Matías Almeyda. Campeón de Liga con Chivas en 2017, además de ganador de Copa y Supercopa, el argentino se consolidó como uno de los grandes ídolos recientes del Rebaño. Su carisma y cercanía con el jugador, sumados a su capacidad para potenciar planteles limitados, provocan que en el América lo vean como el candidato ideal para liderar una nueva etapa a partir del Apertura 2026. Para la nueva cúpula de socios y directivos de las Águilas, tener al «Pastor» en el banquillo azulcrema sería casi un golpe maestro.

El gran obstáculo no es su libreto futbolístico ni su situación contractual: es su pasado rojiblanco y, sobre todo, sus propias palabras. Al inicio del Clausura 2017, cuando Chivas se encaminaba a romper su sequía de Liga, Almeyda fue categórico: aseguró que nunca podría dirigir al América tras haber construido un vínculo tan fuerte con el conjunto tapatío. Entonces, lo justificó hablando de principios, identidad y lealtad a los colores que lo marcaron.

«A Chivas lo quiero, lo tengo ya en mi corazón… No dirigiría al América, tengo principios, no creo que me identifique de un lugar a otro tan rápido por cómo soy yo. Tampoco dirigiré a Boca», llegó a decir. No fue una frase al aire, sino una declaración que reforzó su estatus de figura casi mística para la afición rojiblanca, que lo veía como un técnico dispuesto a defender el prestigio del club incluso más allá de su etapa en el banquillo.

La rivalidad con el América era, para él, un combustible adicional. En aquel momento también expresó su sentir respecto a los colores azulcremas: «Quiero ganarles siempre, si puedo pisarlos los voy a pisar, pero los respeto». Ese discurso lo colocó del lado del hincha chiva más pasional, alimentando la idea de que Almeyda nunca cruzaría la acera hacia el enemigo histórico. Hoy, sin embargo, el libreto podría estar reescribiéndose.

El contexto profesional del argentino ha cambiado de forma drástica. Después de su paso por la MLS y el futbol europeo, Almeyda acaba de quedar libre tras ser despedido por el Sevilla de España. Los resultados en LaLiga estuvieron muy por debajo de lo que la directiva andaluza esperaba, y la paciencia se agotó a dos meses del cierre de la temporada 2025-26. Para un técnico acostumbrado a proyectos donde lo respaldan a pesar de los altibajos, la ruptura fue un golpe duro, pero también lo dejó en el escaparate como un entrenador disponible y con experiencia en diferentes ligas.

En ese escenario, los famosos «principios» pueden ponerse a prueba. Aunque en su momento aseguró que el dinero no lo movería hacia el América, la realidad laboral del futbol de élite es distinta: contratos multimillonarios, proyectos deportivos ambiciosos y la posibilidad de dirigir a uno de los clubes más mediáticos del continente terminan pesando. No son pocos los que dentro del medio creen que, si la oferta económica y deportiva de las Águilas es lo suficientemente seductora, Almeyda podría reconsiderar su postura de años atrás.

Para el América, apostar por Almeyda tendría varias aristas a favor. El argentino ha demostrado capacidad para trabajar con planteles mixtos, combinando figuras consolidadas con jóvenes canteranos, algo que encaja con los planes de reestructuración del club. Además, su estilo de juego -intenso, solidario, con presión alta y posesión dinámica- podría devolverle al equipo una identidad atractiva y protagonista, justo lo que la afición reclama tras dos torneos grises.

En términos mediáticos, su llegada sería un auténtico terremoto. El morbo de ver a un ídolo de Chivas sentado en el banquillo americanista acapararía la conversación deportiva durante semanas. El clásico nacional se recargaría de narrativa: Almeyda enfrentando al club que lo elevó al pedestal de ídolo, ahora del otro lado de la trinchera. Cada partido contra el Rebaño sería analizado bajo la lupa de la «traición», del resentimiento y del orgullo herido.

Para la afición de Chivas, la sola posibilidad ya es vista por muchos como una puñalada. El recuerdo del campeonato de 2017, de los títulos de copa, de la comunión equipo-grada, contrasta con la idea de verlo defendiendo los colores del máximo rival. Otros, sin embargo, adoptan una mirada más pragmática: entienden que el futbol es un trabajo y que la lealtad tiene límites cuando se trata de la carrera profesional y del futuro económico de un entrenador y su familia.

Desde la perspectiva de Almeyda, el América podría representar algo más que un gran contrato: sería una especie de examen final en el futbol mexicano. Tomar al club más laureado de la Liga MX, después de haber triunfado con su contraparte histórica, significaría asumir el reto de ganar en los dos polos opuestos de la rivalidad más intensa del país. De lograrlo, su nombre quedaría marcado para siempre como una figura singular en la historia del balompié nacional, aunque el precio sería romper el mito de fidelidad absoluta a Chivas.

También existe un componente estratégico para la directiva azulcrema. Si se confirma la salida de Jardine, el relevo no puede ser visto como un paso atrás. Vienen de una época dorada y el vestidor requiere un líder con peso específico internacional, capaz de manejar egos, sostener la presión mediática y, al mismo tiempo, renovar el discurso. Almeyda, con su bagaje en distintos países y su habilidad para conectar con el jugador latino, cumple con ese perfil.

Sin embargo, no todo es favorable. El riesgo de que una parte importante de la afición americanista rechace de inicio a un técnico tan identificado con el odiado rival está sobre la mesa. En un entorno tan exigente, dos o tres malos resultados bastarían para reactivar las críticas sobre su pasado rojiblanco y cuestionar cada decisión. El margen de error sería mínimo y la necesidad de resultados inmediatos, absoluta.

Del lado de Chivas, la directiva actual también quedaría indirectamente bajo los reflectores. Muchos aficionados se preguntarían cómo un entrenador que se decía tan ligado al club y que no ha sido repatriado en momentos de crisis podría terminar fichando por América. Surgirían cuestionamientos sobre si el Rebaño dejó escapar la oportunidad de recuperarlo cuando aún estaba al alcance o si la relación entre ambas partes quedó más fracturada de lo que se admite públicamente.

En el fondo, el posible fichaje de Almeyda por el América abre un debate más amplio sobre la lealtad en el futbol moderno. ¿Hasta qué punto las promesas públicas deben tomarse como inquebrantables en una industria donde los proyectos son cada vez más cortos y la presión económica es enorme? ¿Es justo exigir a un entrenador una fidelidad eterna a un club cuando las mismas instituciones cambian de directivos, técnicos y jugadores con enorme rapidez?

Por ahora, Matías Almeyda es simplemente un candidato fuerte, no una decisión tomada. América evalúa pros y contras, Jorge y compañía meditan si es el momento de romper con Jardine, y el argentino se encuentra en el mercado, a la espera de un proyecto que le devuelva protagonismo. Lo que está claro es que, si algún día se concreta su llegada al banquillo azulcrema, el futbol mexicano viviría uno de los giros más controvertidos de su historia reciente: el «Pastor» del Rebaño convertido en estratega de las Águilas, con todos los matices, pasiones y conflictos que eso implica.